lunes 12 de octubre de 2026
«Hay matrimonios que no terminan en divorcio: terminan en dos soledades viviendo juntas.»
Hay matrimonios que presumen muchos años juntos, cuando en realidad llevan años soportándose a regañadientes.
No se divorciaron, pero tampoco se aman. No se fueron de la casa, pero hace tiempo se fueron del corazón. Viven bajo el mismo techo, cuentan los hijos que tienen como un registro contable de su casa; ven las fotografías no como recuerdos sino como referencias de edad, de flacura o gordura; visitan amigos por cumplimiento y tienen una sola cama para aparentar unidad y simular intimidad… pero ya no comparten ni las lágrimas ni las ternuras.
Duermen juntos y se sienten solos.
Se hablan para reclamar, pero no para comprenderse. Se tocan por accidente, pero ya no se acarician por amor.
Saben lo que ocurre en las redes sociales, pero ignoran lo que está destruyendo por dentro a quien duerme a su lado.
Y después dicen orgullosamente: «Tenemos treinta años de casados».
¿Treinta años de matrimonio… o treinta años de resignación? Porque durar juntos no siempre significa amar. También una condena puede durar muchos años. Muchísimas parejas están en el “corredor del divorcio” como los condenados a pena capital están en el corredor de la muerte.
Lo terrible no es dormir solo. Lo terrible es acostarse cada noche junto a alguien y sentirse emocionalmente abandonado. Aguantar hedores, soportar interrupciones y hasta tolerar miradas.
Hay hogares donde no existe una tercera persona, pero sí existe una amante mucho más peligrosa: la indiferencia.
Ella se mete en la cama, apaga los besos, enfría las caricias, asesina la conversación y convierte lentamente el «nosotros» en dos desconocidos que pagan las mismas facturas. Comparten cuentas bancarias no por unidad sino por auditoría recíproca.
Y cuidado: la fidelidad no consiste solamente en no acostarse con otra persona. También existe una infidelidad emocional cuando dejamos morir de soledad a quien prometimos acompañar.
El divorcio firma la separación en un papel. La indiferencia la firma cada noche en la cama.
Por eso, quizás la pregunta no sea:
«¿Siguen casados?»
La pregunta que realmente crea roncha es: «¿Siguen amándose… o simplemente todavía no se han ido?»
«De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.» — Mateo 19,6
— Padre José Palmar
